Tradicionalmente, la casa V ha sido el hogar astrológico de la descendencia, el lugar donde la semilla de la vida fructifica y se manifiesta. Sin embargo, mi última observación revela una presencia significativa, incluso una «intercepción» frecuente de la casa VII en las revoluciones lunares del mes del parto. Esta aparente paradoja nos invita a reconsiderar la rica simbología de la séptima casa, trascendiendo su asociación primaria con el matrimonio y las asociaciones para adentrarnos en su papel fundamental en el acto mismo de traer una nueva vida al mundo.
La casa VII, opuesta al Ascendente, representa al «otro», a la alteridad que se manifiesta en nuestras vidas. En el contexto de una carta natal, esta casa dibuja el espejo en el que nos vemos reflejados a través de nuestras relaciones más significativas. Ciro Discepolo, con su visión penetrante, expande este concepto al incluir en la esfera de la VII tanto el amor como la guerra, polos opuestos de la interacción con el otro, pero igualmente definitorios de nuestra relación con lo externo a nosotros mismos.
El momento del parto es, en esencia, la culminación de un proceso donde la mujer gestante da paso a la existencia de un «otro» ser. Desde el instante de la concepción, una nueva individualidad se desarrolla dentro de ella, pero es en el alumbramiento donde esta alteridad se independiza, se separa y se presenta como una entidad distinta en el mundo. La casa VII, como umbral de lo que no somos «yo», resuena profundamente con este acto de separación y nacimiento de una nueva individualidad.
Mi enfoque en los ciclos planetarios y la dialéctica de los astros, nos enseñaría a observar cómo las configuraciones planetarias que activan la casa VII en la revolución lunar del mes del parto pueden señalar la emergencia de esta «otredad». La casa VII en este período, podría estar marcando la culminación del proceso de gestación y la manifestación física del «otro».
Podríamos incluso considerar la casa VII como el «encuentro» con esta nueva individualidad. El parto no es solo una separación, sino también el primer contacto directo, la primera interacción palpable con ese ser que hasta ahora existía en la intimidad del vientre. La energía de la casa VII, que busca la complementariedad y la relación, se manifiesta aquí en la creación de un nuevo vínculo fundamental.
Además, si pensamos en el Ascendente como la proyección de la identidad individual, su opuesto, la casa VII, podría simbolizar aquello que emerge de nosotros pero que, al nacer, se convierte en algo separado, con su propio Ascendente y su propia carta natal. Es el «tú» que nace de nuestro «yo».
Esta perspectiva no niega la importancia de la casa V en la concepción y el desarrollo del hijo, sino que complementa nuestra comprensión del proceso del parto. La casa V representa la gestación interna, la creación y la expresión de nuestra propia fertilidad. La casa VII, en cambio, marca el momento en que esa creación se externaliza, se convierte en un «otro» con el que inevitablemente entraremos en una relación.
En conclusión, la frecuente activación o intercepción de la casa VII en las revoluciones lunares del mes del parto sugiere un rol simbólico profundo de esta casa en el acto de dar a luz. Representa el umbral donde la criatura deja de ser una extensión de la madre para convertirse en una entidad separada, un «otro» que entra en el mundo a través de la puerta de la relación y el encuentro. Explorar esta conexión con la sabiduría de astrólogos como Barbault y Discepolo puede enriquecer significativamente nuestra comprensión de la astrología del nacimiento y ofrecernos una herramienta más precisa para datar este momento trascendental.


